El augurio de buenos tiempos vienen y tengo que relatárselos.
La iniciativa en materia de falda opcional para alumnas, que presentó la diputada local Celeste Taddei, fue una grata sorpresa para muchas personas. Me incluyo. Entretanto, pude ver algunas reacciones en las redes sociales y en la cobertura de medios, principalmente electrónicos. Para la mayoría no hay forma alguna de estar en desacuerdo, no obstante, sí existen algunas opiniones —más que argumentos— en contra, principalmente cuando se trata de otros hombres, y nos ponen a pensar por qué un tema tan básico no forma parte ya del sentido común, de la operación de las escuelas y de la ley.
Tanto la diputada, como colectivas y decenas de mujeres y niñas se han expresado al respecto, explicando el impacto y las implicaciones que tiene este tema para ellas en cuanto al acoso, desarrollo de la personalidad, libertad y equidad. Obviamente ellas viven y conocen mejor la forma y el fondo de estos asuntos, por lo que no pretendo explicar lo que ellas ya han puesto sobre la mesa y sin duda mejor de lo que uno podría hacer.
Quiero manifestar mi opinión a favor, adjuntando algunas reflexiones que he realizado al platicar con otros hombres tanto heterosexuales como de la comunidad de la diversidad sexual en torno a esta iniciativa. Mi postura no parte únicamente de la discusión con puros hombres, sino de escuchar, leer y platicar con las mujeres que se han expresado sobre el tema, especialmente, el programa de Patria Mujeres en Radio Sonora de mis compañeras del Círculo de Estudios Patria, lo cual me hizo pensar más en esta cuestión y motivó a manifestar así mi opinión y apoyo.
Empiezo diciendo que todos los hombres tenemos tendencias hacia la violencia. Claro, no todos somos violentos en extremo, sin embargo, sí existen distintas expresiones de violencia desde la infancia en cualquier contexto que se imaginen, incluyendo el escolar, donde la principal condición de riesgo no es el sexo como condición biológica, sino la posibilidad de ejercer un dominio sobre los otros y otras y otres. Además, asociando al estereotipo masculino tradicional, nos demos cuenta o no, seguramente llevamos a cabo este tipo de expresiones.
En este punto, como género masculino, nos hace falta distinguir entre la “normalidad de la escuela” y las “cosas y juegos de niños” con las expresiones de la violencia y de la discriminación. Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) de 2016, 25.3% de las mujeres de 15 años y más han experimentado violencia en la escuela a lo largo de su vida de estudiant, 38.3% sexual, 34.1% emocional y 27.7% física; donde el principal agresor es el compañero en el 47% de los casos, mientras el maestro fue el agresor en un 11% de las violencias reportadas. Muchas cosas que hacemos son violentas y no lo sabemos porque no nos han pasado nunca a nosotros, o porque pensamos que son «actitudes inevitables» de niños.
La verdad es que yo fui testigo de este acto violentivo. Recuerdo que en la secundaria, hace 20 años, los niños sabíamos que un profesor se sentaba de tal forma que pudiera verles las piernas a las niñas de las primeras filas, y comentábamos entre nosotros que eso estaba mal, sabíamos que ellas se sentían incómodas, pero no era algo que normalmente alguien se atreviera a denunciar; y, por si fuera poco, entre compañeros se avisaban cuando a alguna compañera se le asomaba parte de la ropa interior, es decir, se asumía que como era «cosa de niños», por lo que supuestamente no era violento, sino natural, solo era malo si lo hacía el maestro o cualquier otro adulto.
De la misma forma, hay muchos más ejemplos de discriminación y violencia, como aquel en que la niña no pueda estar atenta al pizarrón por estar preocupada porque se le suba, por accidente o inercia de sus movimientos involuntarios sobre la butaca, la incordiosa falda; o cuando los varones pensaban que las niñas se exponían en pasarela al subir las escaleras para la vista de los últimos en subir; o asimismo en la situación que no pudieran realizar actividades y juegos físicos sin ser sexualizadas; o que, en resumidas cuentas, la falda sea un distintivo para diferenciarlas desde lo lejos como féminas y, de esta manera, puedan atraer a hombres mayores en los alrededores de la escuela y transporte público. Es exclusión no brindar las mismas oportunidades educativas y no asegurar condiciones de convivencia y seguridad para todas y todos y todes, algo tan sencillo como el uso del pantalón sin distinción de sexo y género, el que ayudaría a resolver, en parte, este grave dilema.
En sí las faldas originalmente no generan el acoso sexual, pero, si bien no podemos saber con certeza las motivaciones y las condiciones que activan las conductas de depredación, lo que sí sabemos que la falda se ha instrumentalizado como un objeto sexualizado. Levantarles la falda a las niñas es una de las conductas más frecuentes de violencia escolar hacia las mujeres, ya que es también lo más representativo de la idea de «atractiva la colegiala” que se encuentra obviamente asociado a erotizar a las menores de edad. En relación a lo anterior, no se responsabiliza a las víctimas por su vestimenta, porque la decisión de entre usar o prescindir de una falda no hace a la niña o adolescente, y lo que pase o no pase, no será culpa de ella si decide usarla, sino esto reacae en quienes las sexualiza, de lo cual regularmente es el hombre.
La violencia y la discriminación se deben atacar con educación y política, ya sea con la formación en casa o la educación formal (materias, academia, cursos, contenidos educativos etc.), ya que estos son procesos fundamentales para mejorar como individuos y como sociedad, pero hay que reconocer que los cursos de valores, entre otras iniciativas, no siempre suelen cumplir su objetivo. No se enseña ni aprende efectivamente con la repetición de reglas e ideas (enunciar derechos, cómo se deben de tratar y respetar a las mujeres, cómo vestirse adecuadamente, cómo defenderse etc.), sino que el aprendizaje requiere de la práctica frecuente, del verdadero y honesto ejercicio de los valores y derechos que se pretenden inculcar, sin olvidar el desarrollo de una convivencia inclusiva y con igualdad. Hay que pensar, entonces, en lo educativo desde un sentido más amplio y fuera de lo que sucede en un aula, como también que la iniciativa de falda opcional tiene otras dimensiones políticas y pedagógicas: Les enseña a las niñas y jóvenes que son capaces de decidir sobre sí mismas, con repercusiones en ámbitos ulteriores al del uniforme escolar, e incluso enseñará a los niños y jóvenes que sus hermanas y amigas tienen el mismo derecho y poder de decisión; crecerán viviendo de estos valores como parte de su normalidad. Les enseñará a las niñas que la democracia y la política también se ejerce para el beneficio de ellas.
Y aquí va el otro quid del asunto: ¿Ante esta iniciativa los niños van a querer utilizar falda? Que la usen si quieren, opino yo que no tendría nada de malo. Sin embargo, para los aterrorizados, estoy seguro de que el efecto de esta iniciativa es casi nulo en comparación con referentes de la cultura pop, entretenimiento y deporte, como bien lo han representado los iconos Harry Styles, Bad Bunny, Kanye West, David Beckham, Vin Disiel, entre muchos otros que han utilizado falda públicamente, y que irónicamente también han sido tachados de machistas y violentos, ya que por mucho tiempo han sido aplaudidos al perpetuar las ideas tradicionales de masculinidad. Pero, hay que rescatar algo de esto: el género masculino se está deconstruyendo.
Sobre si hay discriminación a los niños porque no se les da la opción de usar falda, bueno, esta postura, infortunadamente, me parece que está regularmente ligada a un tono burlón, pueril, o que simplemente, sin una verdadera motivación social, equipara los derechos cuando la expresa un hombre cis heterosexual. Es decir, no lo toman en serio. No obstante, hay que recordar que en México existen antecedentes de escuelas públicas que permiten a los niños y jóvenes, sin importar su identidad sexual y de género, portar falda si así lo desearan (o utilizar cabello largo), ya es parte de la política de uniformes neutros en la Ciudad de México. Recordemos que, en muchas ocasiones, ante la negativa o reprimenda de las autoridades a un niño o joven que quiere usar falda, el respaldo de otros compañeros hombres optaron por manifestarse en apoyo vistiendo, pues, una falda, y, mientras tanto, las compañeras utilizaban en contraparte un pantalón.
La iniciativa precisamente determina, como una acción para la prestación del servicio educativo, el instrumentar estrategias dentro de las instituciones educativas públicas y privadas, de este modo para eliminar estereotipos de género que causen desigualdad y discriminación que tengan que ver con formas de vestir, actitudes y creencias, así durante la educación básica y media superior; entretanto para los privados, establece como infracción condicionar la prestación del servicio al uso tradicional y estereotipado del uniforme escolar de acuerdo al sexo de alumnas y alumnos y alumnes.
Ya la ley educativa vigente en el estado de Sonora establece medidas para la prestación del servicio con equidad enfocadas a poblaciones vulnerables, entre otras, por su identidad cultural, origen étnico o nacional, relacionadas con aspectos de género, preferencia sexual o prácticas culturales; estos ejemplos son relevantes ya que el uso de falda en hombres está asociado no solo a miembros de la diversidad sexual sino a prácticas culturales —religiosas por ejemplo—, o nacionales —la falda en hombres es común en regiones no occidentales—. Esperaría que a nadie se le negara el derecho de vestirse como desee por ser de una cultura diferente, además, las interpretaciones legales del derecho al desarrollo de la personalidad, identidad, igualdad sustantiva, de no discriminación, vida libre de violencia y a la integridad personal, etc., van en el sentido de garantizar al derecho del niños, niñas, jóvenes y adolescentes a vestirse como lo deseen.
En una conclusión personal, la medida enfocada a la niñez y adolescencia representa un paso ante medidas adultocéntricas, que ayudará por igual a los derechos y opciones entre niñas y niños y niñes, lo cual dará luz a una nueva generación de infantes que vivirá en la normalidad de decidir en algo tan simple como la manera de como cubrir su cuerpo, y esto aportará más seguridad personal, y dará un respiro a las hermanas, madres, tías y abuelas que nunca tuvieron este tipo de decisiones y para las cuales la falda y nosotros, los varones, fuimos parte protagónica del problema.
Como hombre creo que existen razones sobradas para apoyar este tipo de iniciativas, la #faldaopcional tiene el apoyo de muchos de nosotros, que en estos días nos hemos dedicado a recordar y reinterpretar nuestra experiencia escolar y nuestra relación con nuestras compañeras niñas y adolescentes de esas etapas. Si como género masculino todavía no nos convence un proyecto como est, quedaríamos mucho a deber en la reflexión social y en nuestro lado humanista. La tradición, nuestra comodidad y preferencias —menos de telas y trapos—, no deben pasar nunca por arriba de la libertad y derechos de las y los y les demás.


[…] y como ésta contribuye a un desarrollo más libre y autónomo para las niñas en Sonora. Sobre ello también escribió acá nuestro compañero Gustavo […]
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