El tibio.
Aquella persona que supuestamente no se decide si de acá, o acullá. Pero lo sabe. Sabe de su posición política mejor que cocinar tamales. Regularmente el tibio —o neutro, centralista—, es aquel sujeto que pervive en una derecha enclaustrada dentro de su escondite sumamente conservador. Se dice que simpatiza con las izquierdas, empero, de manera sistemática, o, mejor dicho, mediática; es decir, no es una ideología genuina, sólo se codea con lo que según la moda y privilegios lo empujan, y, aun así, se jactan de tener un pensamiento extraordinario, cuasi-mesiánico, de una intelectualidad que ni Borges tendría en tres vidas.
El tibio, tibiesito.
Ni fuego, ni hielo; ni azúcar, ni sal; es todo y es nada. Vive en un limbo que disfrutan de toda la comodidad que el sistema les aporta, aun cuando los piquetes de mosquitos le carcomen la piel, así visibilizando la penosa realidad en que viven; pero, sin importar la obviedad, insisten que la neutralidad es la acción más pertinente —o patriótica— entre los jóvenes, porque eso de izquierdas y derechas es anticuado, hasta putrefacto; ¡y que las picadas se hinchan! ¡y que se infectan! ¡y que pululan…!
Así, el tibio. Ese tibio.
Candoroso con sus mensajes, ahí, en las redes sociales. En la cotidianidad de la vida existen con tuits de escarnio, pero en la realidad, ese austero reino donde sus blandos pies pisan, genera dolor, experimentan lo que es, son otros más del proletariado, de la plebe, del vulgo; con mejores o peores sueldos, vanaglorian al rico porque presuntamente trabaja día a día, mientras el pobre, es pobre porque así lo ha decidido; y siguen así, dialogando como reyes de la retórica, consumándose como la última opinión de todas: la mejor.

El tibio quema, pero no cuece.
Parcialmente de izquierdas es, no obstante, apoya a cualquier engendro conservador que se considera el conservador radical de la era, porque es justo y necesario, un acto más cuerdo que el populista rojizo que dice que verá por los pobres y causas justas; «¡pero es inaudito! ¡qué les pasa a los rojitos!; ¡de dónde salen!, ¡quién los crea!, ¡por todos los dioses, alguien haga algo!», de este modo claman los tibios, con insulsa vehemencia que ni sus madres confían.
El tibio, que se cree el único.
Dicen que son la solución —o parte de ella—, y que, además, son lógicamente más congruentes. Son el partido de apartidistas —apoyan a las ultra derechas, o de centro— que nunca necesitarán de líderes que los convoquen, sino ellos mismos divinos y espontáneos son congregados para arreglar el mundo con tuitasos y fotos de sus mascotas; o publicaciones que atraen el odio; teorías de la conspiración que ni a H. G. Wells se le hubieran ocurrido; que si todo está mal, pues no queda de otra más que renunciar hacia la ignominia; que mira, ayer dibujé esto; que lee esto, lo escribí ayer, es sobre el excelso director Michel Franco; que dejen en paz a Luisito Comunica; que López calla pinche viejito; que mejor a ponernos a ver Netflix en vez de andar de grilleros… en fin, un cúmulo de equívocos que los hacen ver como una genialidad atemporal. Son únicos, son irrepetibles; ¡son superiores!
«¡Eh, tío! Que no soy tibio, yo sí doy mi voz (a la derecha)».
Y en efecto, algunos terminan siendo más sinceros que otros…, pero permanece su hipocresía, difundiendo odio y noticias falsas, confundiendo a sus contactos o compañeros de trabajo. También son los santos agoreros del infortunio cuando alguien con buena intenciones trata de mejorar un pedacito de nuestra realidad, porque, como no son los protagonistas de la historia, pues qué buena idea hacer pedazos aquello que no sienten que es lo propio, y qué más da, «si no soy yo, nadie lo será». Ahora, como ya salen de su escondite, cobran fuerzas y dan con todo a sus adversarios, con argumentos falaces, defensas y ataques de la hipocondría, que a cualquier respuesta se sienten ofendidos o aludidos, a lo que reaccionan con furia y desacato, dignos de niños que lloran por su paleta que nunca tuvo.
Lo tibio, a fin de cuentas, quema o congela.
Porque todo tiene que terminar o salir a la luz. No se puede simular una vida entera, conviviendo con espejismos, no, nada de eso perdura, pero sí que se vuelve una tortura. Es la apoteosis del masoquismo. Vivir en la mentira. Castrar lo genuino. Obcecar lo digno. Que en esta vida no hay tibios, sólo gente que vive en el martirio derrotero del miedo a tomar posturas, del acobardamiento indolente. El fascismo de sus rostros se vuelve obvio. Y los demás lo sabrán. Los tibios gritarán que ellos en verdad son las víctimas de un caso inexistente, pero ya nadie les creerá.


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Excelente artículo, muy real, de entre todos, los tibios son la peor escoria.
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