La idea de una política de la muerte es cristalizada por el filósofo camerunés Achille Mbembe (Achil Bémbe) como necropolítica, haciendo referencia al poder político que se utiliza para decidir sobre la vida y los decesos de las personas a quienes se gobierna.
Mbembe tenía claro que la necropolítica es más que tener el derecho a matar, también es el derecho a exponer a otras personas a la macabra estética de la muerte.
Este concepto ha sido utilizado por periodistas y académicos nacionales y extranjeros para referirse a la política de seguridad que se generó a partir de la guerra contra el narcotráfico, allá por el 2006.
De esta las principales víctimas han sido los mexicanos, con estrategias opacas, muertes y cuerpos mutilados en las calles y espacios públicos, dejándonos en un constante terror. Esto no fue una suerte de error o mala planeación, no, aquí hubo culpables que en su mayoría siguen impunes; y las principales mentes genocidas fueron: el espurio ex-presidente Felipe Hinojosa Calderón y el mal llamado «súper policía», secretario de defensa, Genaro García Luna.
A casi 20 años, el día de hoy el juicio de García Luna nos ha dejado con los ojos pelados todos estos días que han pasado; esperamos escuchar nombres, ver rostros, aunque sea un video, algo que nos dé un atisbo del cochinero que hicieron aquellos mujeres y hombres siniestros que estuvieron en el poder y dejaron a México como un cementerio, que hasta ahora, apenas, nos vamos recuperando paso a pasito de este calvario.
El tan esperado juicio «del siglo», el de García Luna, no es poca cosa, sino un reflejo de toda una etapa de destrucción territorial y demográfica; una hegemonía que fácilmente se confundía con las mafias que imperaban hasta en lo más alto del poder, por lo que no es descabellado ver este evento judicial como un milagro de la presente centuria. Cada uno de los que se codeaban con el súper policía están atemorizados, se saben culpables de una manera u otra, y no es mera coincidencia que algunos periodistas se deslinden o hasta renuncien de sus puestos para irse «a otro lado», prometiendo «volver» si es que las aguas se apaciguan a su favor.
Ni hablar, el horror que vivíamos quedó impregnado en varias generaciones, creando un culto hacia la muerte y la droga, inédito en nuestra cultura; y de ahí viene la narcocultura, una muy afianzada desde las cúpulas de los poderes fáctico y del Estado. Pase lo que pase, con García Luna esperamos que se haga justicia, que cada implicado no quede impune y se les persiga según la ley constituyente; pero, también, la más importante: la ley del pueblo.
En fin.
Una guerra creada por una mente perversa, más de 350 mil daños colaterales.
Pero, siendo más realistas, tampoco es que creamos que la justicia estadounidense sea lo máximo como se proyecta en sus medios de entretenimiento, porque vemos que el vecino del norte encuentra dificultades en aceptar que opera el crimen organizado en su territorio, que muy probablemente se deben lograr los más altos niveles de colusión en sus instituciones para que los carteles alcancen el poder que tienen hoy en día. Hoy con más de 100 mil muertes de estadounidenses al año por sobredosis, no se puede negar que el problema se salió de control y los muertos no solo los ponemos nosotros.
Por eso, muchos salimos a votar para que se vinculase la investigación y enjuiciamiento a todos los pasados ex mandatarios que ha tenido México en su etapa neoliberal, ya que queremos justicia y que la sangre derramada no haya sido en vano.
El Estado tuvo la culpa y ahora tiene que dar cuenta de su terrible crimen.


