Mercancías sí, personas no: La política «humanista» de Occidente

La última semana de junio empezó con tres noticias que podrían englobar, o por lo menos ejemplificar si quiera un poco, el estado actual de la política de las potencias occidentales. En la mañana del 27 de ese mes, un bombardeo ruso a un centro comercial de la localidad ucraniana de Kremenchuk dejó un saldo de 18 civiles muertos. Rápidamente los medios locales, europeos y estadounidenses, así como políticos como Antony Blinken (Secretario de Estado de los EEUU), Gitanas Nauseda[1] (Presidente de Lituania) entre otros, calificaron a Rusia como criminal de guerra y llamaron por una escalada en el envío de armas para ayudar con la defensa en Ucrania.

Ese mismo día, saltó a la luz la noticia que el 25 de junio en la ciudad de Melilla, ubicada en el norte de África, más de un millar de migrantes africanos (principalmente de zonas en conflicto armado) intentaron traspasar la valla que separa a Nador de Melilla, a África de Europa. Lo que sucedió después fue una masacre perpetrada por las autoridades marroquís con la complacencia de las españolas que dejó cerca de 40 muertos. El presidente del gobierno español Pedro Sánchez salió el lunes a justificar el actuar de ambos países, ya que defendían la integridad de España ante el ataque de mafias marroquíes y migrantes africanos; un día después lo hizo la comisaria europea de interior.

 De nuevo el 27 de junio, pero esta vez del otro lado del Atlántico en San Antonio, Texas, se encontraron 53 personas fallecidas (hasta hoy) por asfixia y deshidratación en la caja de un tráiler, todos migrantes, 22 de origen mexicano. Esto se da en medio del cuarto mes consecutivo en el que el número de detenciones de migrantes en la frontera sur de Estados Unidos haya aumentado, a pesar de que el presidente Biden prometió en campaña detener las políticas migratorias de la presidencia de Donald Trump.

La frontera entre México y los Estados Unidos ha sido desde hace décadas un gigantesco cementerio, que con cada administración estadounidense se expande para poder dar abasto a los miles de muertos que se unirán en la búsqueda de un futuro mejor, una oportunidad que no encuentran en una Latinoamérica devastada por la imposición del neoliberalismo. De la misma forma, el mediterráneo y las vallas de las ciudades autónomas que España mantiene en África se han vuelto la tumba para miles de africanos y musulmanes que tratan de escapar de guerras creadas por el imperialismo estadounidense y europeo, y que buscan mantener sus economías y estilos de vida a costo de lo que para ellos, no son personas.

Cada vez es más claro que existe una doble moral en los discursos empleados por occidente para justificar su intervencionismo en los países del llamado Sur Global. Si algo ha dejado claro la guerra Ruso-Ucraniana es que cuando lo intereses de los Estados se ponen en conflicto, lo que menos importa son cuestiones de moralidad o la defensa ideológica, lo que vemos es un conflicto interimperialista donde los habitantes de la nación asediada son dispensables.

Por ejemplo, en el caso Ucraniano claro que es un crimen de guerra bombardear un centro comercial lleno de civiles, pero llama la atención la rapidez de los medios de comunicación y de los líderes políticos de los países involucrados para establecer relatos que justifiquen el envío de armas, sanciones y posiciones bélicas a un conflicto que ya lleva poco más de cuatro meses, mientras que no se ha intentado un proceso que produzca una desescalada militar. No podemos dejar de lado el interés geopolítico de la OTAN por crear una guerra continua que desangre a Rusia militar, económica y políticamente, así como tampoco podemos obviar el papel de las empresas armamentistas que están ganando millones de dólares cada día que el choque entre naciones continúe. 

Como todo conflicto armado, éste ha creado un flujo migratorio enorme que ha sido bien recibido en Europa, a diferencia de la migración que hace algunos años llegaba de zonas destruidas por la guerra como Siria, Irak y Afganistán. Para los medios de comunicación, esta es una migración que con los brazos abiertos se admite porque no son diferentes a ellos, dado que también son europeos. Pero los datos distan mucho de una acogida conmovedora; por ejemplo, el gobierno español ha invitado a refugiados ucranianos a llegar al país, pero el apoyo monetario que ha destinado para ellos ha sido más que insuficiente, puesto que miles de ucranianos se encuentran en situación de desamparo en las calles de España. A Europa lo que menos le interesa es la gente de zonas periféricas.

El caso de los migrantes muertos en la valla de Melilla es diametralmente más claro. La noticia tardó más de 48 horas para pasar a las primeras planas, y se justificó como la defensa de una horda de salvajes que iban a invadir y destruir la integridad territorial de España, por lo que tenían que ser repelidos, y si las consecuencias de dicha acción llevaron a la muerte a 37 migrantes, que así sea. Existe una tremenda deshumanización y un sentido colonialista y racista en esta visión diplomática, pues mientras al blanco que escapa de una guerra se le merece dar refugio, al negro o persona de color que también escapa de una guerra se les consideran salvajes, una amenaza para Europa.

Estas ideas tenemos años de conocerlas en México, basta con recordar lo dicho por el académico Samuel P. Huntington en los 90 y más recientemente lo que dijeron los políticos estadounidenses sobre las caravanas migrantes que llevaron al presidente Trump a militarizar la frontera. Lo que pasó en San Antonio es solo otro de los muchos ejemplos de deshumanización que pasan en nuestras fronteras, y que  se van repitiendo sin cambio alguno. Escucharemos llamados de indignación de políticos demócratas, aunque el presidente y el congreso sea del mismo partido, por lo que posiblemente los republicanos usarán el tema como reafirmación a sus posturas de militarizar la frontera mientras que los muertos siguen pululando la zona.

No podemos no pensar en el doble rasero de Europa y Estados Unidos hacia el Sur Global, por un lado llaman a una cordialidad y lucha por imponer una moral occidental, mientras destruyen países enteros para mantener sus formas de vida, sin si quiera pensar en las vidas que afectan. Creo que los tres casos lo ejemplifican claramente. Mientras en Ucrania ganan miles de millones e intereses geopolíticos a costa de millones de vidas, explotan en África y Latinoamérica los recursos naturales y crean condiciones miserables para la población local, todo con el objetivo de poder sustentar su modelo consumista, mientras viven a las espaldas de millones de pobres que deshumanizan y no se dignan a observar todo el mal que han hecho. Los marcos normativos de la modernidad ya están desgastados, es insostenible e inhumano copiar sus modelos, se necesita algo nuevo.

En 1994 con la entrada del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), una de las exigencias que se hacía era que, si se planteaba un libre paso de mercancías entre los tres países, por lo tanto, debería de existir también un libre paso de personas. Para estos gobiernos, la mercancía vale más que millones de vidas que destruyen, porque simplemente no son humanos como ellos. Es más que urgente romper con esta dependencia y buscar unidad entre los países del Sur Global. Ante esta desesperanza, el horizonte que se abre desde los gobiernos progresistas de Latinoamérica en busca de una unidad regional que pone por enfrente al pobre, la idea de una economía que permita un desarrollo sustentable y humano, es esencial si queremos romper este ciclo de explotación.


[1] Hasta este momento, Lituania es el único país, aparte de Ucrania, que ha clasificado a Rusia como un estado terrorista; pero su posición va más allá de su retórica, ya que ejerce un bloqueo ilegal a la región de Kaliningrado que amenaza con escalar el conflicto, todo esto ante la mirada complaciente de la OTAN y la Unión Europea.

Dr. en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Colonia en Alemania
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