Notas y reflexiones sobre Judith Butler y la teoría de la performatividad del género

El feminismo es sobre la transformación

social de las relaciones de género.

–Judith Butler, Undoing Gender

En mis siguientes notas mencionaré, a grandes rasgos, una de las interesantes propuestas de Judith Butller: la teoría en la performatividad de género, junto a su relación con el debate por el reconocimiento de la diversidad sexual. Para esto tomaré como puntual referencia su libro El género en disputa que fue publicado en 1990, el cual plantea una crítica de la ideología de género que  ha contribuido a la explicación de cómo el conservadurismo apela a una supuesta «naturaleza sexual», la cual se hace a partir de una construcción de signos.

Las mujeres como sujeto del feminismo

Dentro de la teoría feminista se asumió que existe una identidad que gira alrededor de la palabra «mujer». Esta palabra/identidad representa a todas las mujeres y se utiliza en pro de sus intereses en los discursos orales y escritos; ejemplifico al hablar de los “derechos de las mujeres”. Asimismo, desde la premisa, y con base en una representación lingüística, que se reconocen a lxs individuxs, tal es el caso de la palabra «mujer», ya que en el discurso solo representan a quien se reconozca en esta cualidad de género (el reconocimiento se hace de manera colectiva, o sea en sociedad).

Existe una rama del feminismo (el Feminismo Radical Trans-Excluyente) que asegura que el «ser mujer» es cuestión meramente de biología, y, bajo esa lógica, para ellas es común rechazar a las personas transgénero, transexuales y no binarias. Desde su óptica, sólo una «mujer real» (mujer cis) puede haber sufrido la verdadera opresión del patriarcado; porque solamente ellas han vivido una infancia y adolescencia como mujer, y por eso las mujeres trans son opuestos políticos, por lo que no deberían entrar en su lucha. El mantra más repetido es el de que el sujeto político del feminismo debe ser «la mujer», o que la deuda es con «nosotrAs».

Butler recurre a Foucault para desarrollar el diálogo donde, desde el propio poder, se dice «qué significa ser quién» y «quién es quién», como por ejemplo, qué significa ser mujer, o ser un hombre. Judith afirma que recurrir a un sistema que oprime a las mujeres para buscar su emancipación es totalmente contraproducente. En otras palabras, el sujeto de lucha contra el sistema patriarcal ha sido creado por el sistema patriarcal. El feminismo no puede ir contra el patriarcado si usa las categorías que han sido creados por este, por ejemplo, con el ser y hacer de la «mujeres» (según el arquetipo puesto por el patriarcado). En resumidas cuentas, podemos afirmar que «El sujeto político del feminismo son todas las personas oprimidas por el patriarcado».

Sexo, género, deseo

Butler también entra en el debate de la distinción entre género y sexo. Ella afirma que, según el relato sistemático, todxs tenemos un sexo biológico, el cual se distingue por los genitales. Por otro lado está el género, presentado bajo la premisa que es una asignación cultural que tiene sus límites en el sexo, y claro, este es visto desde una perceptiva heterosexual binaria. «Una es mujer en la medida en que funciona como mujer en la estructura heterosexual dominante, y poner en tela de juicio la estructura posiblemente implique perder algo de nuestro sentido del lugar que ocupamos en el género».

La autora se plantea si el sexo es anatómico, hormonal, si tiene o no una historia y, en caso de tenerla, ¿realmente cada sexo tiene su historia? ¿Será que los hechos naturales del sexo son una construcción de discursos sujetos a intereses sociales y políticos? Butler plantea que quizás no solo el género sea una construcción social, sino que también el sexo lo es, incluso quizás el sexo siempre fue género y por tanto distinguir entre ambos no tendría sentido.

Con las referencias anteriores, Butler afirma que el llamado «sexo biológico» se presenta como un hecho pre-discursivo y como espacio políticamente neutral ante la conceptualización del género a manera cultural. En otras palabras, esa idea de que existen mujeres y hombres “naturales” antes que se les llame como tal (de nuevo, el «sexo biológico») se inventó para legitimar al género. El discurso de quienes sostienen la binariedad del sexo y género afirman que existe una estructura biológica, y sobre esta se asigna un riguroso género (masculino o femenino) la autora afirma que la idea es falsa.

No está de más mencionar que el libro El género en disputa causó muchas polémicas, ya que hubo y hay quienes no están de acuerdo con la idea de desnaturalizar el género, tal es el caso de Janice G. Raymond quien afirma que: «Todos los transexuales violan el cuerpo de la mujer al reducir la verdadera forma femenina a un mero artefacto».

Se destaca que el objetivo del libro es repensar las categorías de género, lo cual da pauta a dejar de lado las pretensiones de definición ontológica, es decir, las cuestiones sobre el «ser» de la mujer y tomar a consideración de que no hay ningún «ser» detrás del hacer (idea de Nietzsche), siendo que el sujeto no tiene ninguna presencia y se define por sus actos.

Para ejemplificar lo anterior, podemos recurrir mencionando acciones cotidianas como la de nuestro actuar, o en cómo nos vestimos, y cómo es nuestra manera de desarrollarnos en sociedad, esos comportamientos o actitudes que determinan el hábito o rutina y que dan la impresión de lo que es ser mujer o ser hombre. De hecho, se actúa como si aquello que es «ser mujer» o «ser hombre» fuera esencia pura, algo innato. A lo contrario de lo anterior, Butler señala que es un fenómeno producido, y claro, también reproducido de manera cultural a partir de las llamadas «normas de género», «una repetición de la ley que no sea su refuerzo, sino su desplazamiento»

En resumidas palabras, la idea central del libro es señalar que no hay una identidad de género detrás de las expresiones de género, por el contrario, la identidad se construye performativamente. La construcción de la identidad de género tiene que ver con la performatividad y con el performance. El llamado «performance» es la autorepresentación (la manera en que cada individux se representa en la cotidianidad), la construcción de género como un modo de encargar la performatividad.

Desde la obra de Judith se desnaturaliza la perspectiva de género y visibiliza diversas normas. Una norma en la construcción de la masculinidad es que los hombres no pueden ni deben pintarse las uñas; si lo hacen, serán juzgados sabiendo que contradicen una norma. En el caso de las normas de la construcción femenina podemos mencionar que si una mujer quiere raparse toda la cabellera, esta será observada por contradecir la norma «femenina» que las mujeres deben de tener cabello largo.

Cabe mencionar que existe una dimensión política en el libro de Butler que merece ser explorada ya que forma parte de sus objetivos centrales. Estos objetivos se plasman en el prefacio de El género en disputa:

El empeño obstinado de este texto por «desnaturalizar» el género tiene su origen en el deseo intenso de contrarrestar la violencia normativa que conllevan las morfologías ideales del sexo, así como de eliminar las suposiciones dominantes acerca de la heterosexualidad natural o presunta que se basan en los discursos ordinarios y académicos sobre la sexualidad.

Butler dice que, en lo que atañe al género, hay una expectativa de que exista una esencia interna que se pone al descubierto cuando alguien actúa, y que esa expectativa está acompañada por otra: la expectativa de que existe coherencia y continuidad entre el sexo, el género y la orientación sexual. Por ejemplo, ante una determinada persona, partiríamos primero de la presuposición de que sus órganos sexuales se corresponden con su género y de que su deseo es heterosexual; cualquier diferencia que surja, la comprendemos como una «desviación» respecto de esa expectativa previa. Butler sostiene entonces que, en nuestra cultura, la expectativa social presupone una relación causal entre sexo, género y orientación sexual; y que los géneros son interpretados en el marco de un sistema normativo que es binario y heterosexual, es decir, un marco en el que existen dos opuestos (masculino/femenino), que se atraen entre sí.

Políticamente el hecho de que este sistema normativo traiga aparejada la suposición de reglas de continuidad y coherencia entre sexo, género y orientación sexual sería la causa de que haya personas que quedan condenadas a ser pensadas en términos de discontinuidad e incoherencia. Básicamente, aquellas personas que no se adecúan a las normas hétero-cis, y que por eso han sido históricamente discriminadas.

Ante todos estos argumentos anteriormente planteados, propondré dos conclusiones. En primer lugar, si los atributos y actos de género son performativos, y si no hay una esencia interna con la que pueda medirse un acto o un atributo, entonces no sería posible sostener que haya actos o atributos de género verdaderos o falsos, ni correctos o desviados. La segunda conclusión es que, si esto es así, significa también que es posible que existan no solo los dos géneros establecidos, sino diversas identidades de género que pueden ser construidas. En ese sentido, su producción ha brindado argumentos para luchar por la despatologización y por la transformación de aquellas concepciones culturales tradicionalistas que generan consecuencias tan crueles como la discriminación, la marginación y la violencia que atraviesan las vidas de muchísimas personas.

Maestra en Historia Educativa

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