En marzo de 2020, en el contexto de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, varios colectivos de mujeres en todo el país –quizás más visibilizados en la Ciudad de México por el fuerte centralismo que existe en los medios- se realizaron multitudinarias manifestaciones para exigir sus derechos de distintas maneras, principalmente por medio de marchas y ocupando las plazas principales de las capitales del país.
Debido a la masividad de las protestas y del momento histórico, social y político en el cual se desarrollaron, éstas estuvieron bajo el lente de los medios durante todo su desarrollo. A pesar de la enorme sororidad que mostraron las compañeras de los diversos colectivos entre ellas, el poder de convocatoria, las demandas reales y duras que lanzaron, el lente de muchos medios y el foco de muchas discusiones se centraron simplemente en ciertos aspectos, las pintas y los destrozos.
En los distintos centros históricos en los cuales tuvieron lugar las protestas, o en los recorridos de las marchas quedaron marcadas las demandas de las mujeres, lo hicieron por medio de grafiti, de ataques a lugares emblemáticos –como las procuradurías o los recintos de los congresos estatales, como lo fue en el caso de Hermosillo- y de quemas simbólicas. Monumentos como el Ángel de la Independencia, la estatua de Madero frente a Bellas Artes, el Hemiciclo a Juárez en la Ciudad de México, o la Catedral Metropolitana de nuestra ciudad, así como diversas otras estatuas fueron parte de las marcas territoriales de un actor social que ha sido constantemente silenciado y olvidado.
Uno, de entre los muchos debates que estas protestas pusieron sobre la mesa, fue justamente el de validez de usar los monumentos públicos como escaparates para la protesta social. Creemos que aunque esta cuestión puede parecer mínima o hasta banal en comparación a las demandas planteadas por el movimiento colectivo feminista, es necesario abordarla para poder combatir las formas sencillas, y tan llenas de lugares comunes, que esgrima los grupos oposición para desacreditar a los colectivos y sus luchas.
Los monumentos nacionales de carácter público son aquellas estatuas, esculturas, columnas, fuentes o placas que se han instalado en los espacios públicos, a diferencia de aquellos que residen dentro de edificios. Éstos fueron construidos para guardar la memoria nacional, y crear en el espectador un sentido de identidad que unifique al país entre las diversas regiones que poco podrían llegar a tener en común, estos pueden ser estatuas de conquistadores, héroes de la independencia u otros momentos claves en la construcción de una idea nación.
Y decimos una idea de nación porque hay que recordar que las identidades nacionales se construyen con relatos que se sobreponen sobre otros, por lo tanto, existen voces que se dejan de lado de manera premedita y que produce conflicto y roces a medida de que pasa el tiempo. Es por esto, que entender y analizar el acto de marcar los monumentos y/o estatuas, nos permite comprender las luchas por imponer nuevas narrativas, que se dan en el espacio público. Se dan justamente ahí porque éste tiene un carácter de social y simbólico que lo hace una parte integral de la sociedad y de la vida del individuo, donde las acciones sociales de los sujetos, tanto individuales como colectivos, se incorporan en sus vidas.
Desde esta perspectiva, entendemos que al sujeto, en este caso las personas que marcan estos monumentos, son un actor político que participa de manera activa en la resignificación y modificación de los lugares que habita, ya que no sólo son un parte de sus vidas diarias, sino que también forman sus formas de ver y entender como parte de una sociedad. El acto de las marcas, es en muchas ocasiones, una forma de crear nuevas narrativas públicas que se sobrepongan sobre estas viejas o elitistas ideas de nación.
De tal manera que no debemos hablar de acciones violentas o vandalismo sin sentido cuando distintos colectivos se opongan, de la forma que sea, a las ideas que se han impuestos sobre ellos sin ser incluidos. Los monumentos han estado en el centro de la disputa política por muchos años y en distintos países por el hecho de presentarse como recipientes de relatos unilaterales.
Distintas acciones se establecen como paradigma de estas confluencias, no sólo las luchas feministas. A mediados de diciembre de 2012 en la ciudad de Campeche, tras cuatro años de trámites burocráticos infructuosos para retirar el busto colocado a la memoria de Juan Camilo Mouriño Terrazo en el Paseo de los Héroes, integrantes del Frente Campesino Independiente Emiliano Zapata en medio de la conmemoración del 251 aniversario del asesinato del líder maya Jacinto Canek, derribaron la estatua al grito ¡Fuera los gachupines! Estos dijeron que el exsecretario de gobernación representaba a la élite blanca que ha oprimido al pueblo maya por siglos, por lo que para ellos no era un representante ni mucho menos un héroe.
Estas luchas por las narrativas funcionan en ambos sentidos, como se pudo apreciar en octubre de 2018. En medio de la conmemoración por los cincuenta años de la matanza de Tlatelolco, el Gobierno de la Ciudad de México removió varias placas que contenían el nombre de Gustavo Díaz Ordaz. Estas se habían colocado en 1970 en distintas estaciones y en la Plaza de Armas Magdalena Mixhua, para conmemorar la apertura de la Línea tres del Sistema de Transporte Colectivo, justamente dos años después de la brutal represión del movimiento estudiantil aquella noche del dos de octubre. Algunas personalidades de los medios, académicos e intelectuales argumentaron que la eliminación del nombre no hacía absolutamente nada, solamente era una forma de borrar la Historia del país argumentando, desde una posición de privilegio, que ese hecho no se equiparaba con un acto de justicia y lo igualaron con los conquistadores quemando los códices aztecas.
Lo que intentamos plantear aquí con estos tres casos, es que la marcación del territorio por ciertos grupos no es borrar u ocultar la Historia como si existiera una y definitiva, sino que estas acciones son formas de hacer visibles los relatos que quedaron sepultados por otros que impusieron cierta élites. Creemos que estas formas de protesta funcionan no sólo para el que las realiza, sino también para aquellos que observamos, ayudándonos a cambiar las perspectivas a la hora de ver y entender la Historia.
Entonces habría que preguntarnos, cada vez que ocurren acciones como estas: quién le dio el sentido a la obra, qué relato está contando, quiénes quedan fuera de estas narrativas. Una vez contestado, debemos tener en cuenta que esta lucha se está dando no solamente en los monumentos, se da entre estos lugares públicos, la política pública y la construcción de una memoria colectiva. De esta forma, se puede intuir que cuando los colectivos feministas se lanzan a la marcar estas estatuas, lo hacen porque no se siente representadas por ese Estado machista que niega sus derechos más básicos, por lo que se reapropian de él para crear nuevos significados donde si entren las narrativas que las visibilizan a través de procesos políticos bien establecidos.



