Un poco de historia regional y construcción del sonorense.

El propósito de este texto es mostrar un ejemplo del alcance metodológico de la historia regional y ver cómo se puede encontrar estrechado con la construcción de imágenes. El análisis se llevó a cabo a partir del texto de Guillermo Núñez titulado Masculinidad, ruralidad y hegemonías regionales: reflexiones desde el norte de México, dónde a grandes rasgos es evidente una perspectiva histórica, análisis de discurso y manejo de la perspectiva de género.

El autor no dice textualmente que su propósito es escribir historia regional, él se centró en “la presencia de las ideologías de género, en especial los discursos regionalistas, en los procesos de formación del Estado, en Sonora”[1], señalando que la región es formada a través de los discursos regionalistas durante la formación del Estado. El autor maneja elementos que hace que este estudio sea interesante, ya que la perspectiva de género dentro del análisis del discurso está muy presente; la metodología que se emplea en el análisis discursivo demuestra cómo ambos elementos se enlazan atendiendo a los discursos regionalistas y la ideología de género. Ambos contribuyen en la formación de la hegemonía y sucede, sobre todo, a través de la construcción de imágenes rurales.

La hegemonía es consolidada por medio de diversos elementos visuales y sociales, en este caso es la imagen asociada a la ruralidad; las botas vaqueras, las camisas de cuadros, el sombrero vaquero, montar a caballo, las cabalgatas, etc. Los elementos anteriores los podemos ver en actores políticos, presentes en  la historia de Sonora, tal es el caso del exgobernador Eduardo Bours o el ex presidente mexicano Vicente Fox.

Estas imágenes o símbolos, tienen por supuesto el objetivo de transmitir un mensaje. Es normal que se maneje en la escena política, tienen una intención comunicativa muy notoria. Estos símbolos llegan a formar parte de proyectos de imagen personal, puesto que estas representaciones participan en la formación de imágenes como la del ranchero trabajador, sencillo y puro, por ende, el producto de imágenes construidas en procesos ideológicos regionalistas y sexistas.  A partir de ello se construye la imagen de lo que es ser “sonorense” tras discursos que reafirmaban la virilidad de la época. El autor maneja un análisis de la sociedad sonorense, desde la perspectiva de las dinámicas de dominación y se puede ver el papel que juega dentro de las subjetividades. El Estado (quien “crea ideas, verdades, cuerpos, objetos, esperanzas terror y placer.”[2]) está muy presente en la construcción de las dimensiones de género en los individuos, y claro, también en la participación de las ventajas sociales que esto implica. El género y la etnicidad son importantes en la construcción de las hegemonías.

Dentro de los discursos de género se puede ver la dinámica de las prácticas de desigualdad y poder dentro de los individuos sexuados. No se pueden comprender las relaciones de poder sin antes dimensionar el peso que tiene el género en esto. La construcción de imágenes rancheras dentro de actores políticos no es mera coincidencia, estas remiten a la relación poder-género que son remetidas desde la formación del estado de Sonora.

“Durante la formación del Estado nacional, las élites regionales legitiman su espacio de poder y su inserción en el proyecto de nación, (…) los discursos regionalistas desempeñan un papel importante en la organización del gobierno local y en la construcción de su hegemonía.”[3] 

Hay presencia de un discurso de lo que es ser “sonorense”. Imagen que se construye alrededor de este regionalismo, donde se le atribuyen ciertas características. Actores políticos adoptan esta imagen para justificar ciertas acciones o con diversos fines:

a) legitimar proyectos económicos neoliberales pues, se dice, están acorde al “ser sonorense”; b) convocar un sentimiento político anticomunista, como algo “no sonorense”; c) promover un desentendimiento de los indigentes, los niños de la calle o los migrantes pues “son del sur del país”; d) deslegitimar movimientos sociales, ya que “dañan la paz de los sonorenses”; e) hacer mofa y deslegitimar a un candidato político porque es “guacho”, originario del sur del país; f ) fomentar la aceptación o el consumo de artículos, negocios y acciones de gobierno porque reflejan “el carácter sonorense” o g) promover la imagen del gobernante en turno porque, mediante el uso de atuendos rurales regionales, demuestra ser “un auténtico sonorense”[4]

Históricamente las distinciones de género han estado presentes en diversos discursos en la historia de Sonora, podemos retroceder hasta 1820, fecha en la que se disputaba sobre la separación de Sonora y Sinaloa. Se hablaba de los que era ser “sonorense”, ese discurso abogaba tener diferencias culturales. Ese discurso regionalista, tenía como propósito: legitimar una comunidad imaginaria para validar las instituciones del Estado Sonorense.  Sonora y Sinaloa, son presentados como hermanos y el padre es representado por el gobierno nacional.

Lo anterior es el uso de un imaginario patriarcal, “la masculinización de las provincias, a su vez, es obligada por una razón simple: sólo varones podían “hacer el uso libre de sus facultades” y aspirar a la “soberanía”. La imagen de un varón que llega a su mayoría de edad resulta por demás adecuada.”[5] El uso de las imágenes patriarcales se enlaza con imágenes de la iglesia y consagración, con la presencia de la dinámica anterior, permiten que el Estado legitime su existencia, rutinas y rituales. También cabe resaltar que si los procesos políticos se les asignan ese carácter familiar se les dota de moralidad. Se crean imágenes como la del “guerrero civilizado” y del “ranchero estadista” tras la guerra apache.

[1] (Noriega 2017, 75)

[2] (Noriega 2017, 78)

[3] (Noriega 2017, 84)

[4] (Noriega 2017, 84)

[5] (Noriega 2017, 86)

Licenciada en Historia

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