Tratado de la educación pandémica

No queremos avergonzarnos de escribir

 y no tenemos ganas de hablar para no decir nada.

Aunque quisiéramos no podríamos hacerlo;

nadie puede hacerlo.

Jean-Paul Sartre

No voy a escribir un tratado sobre la educación, les ofrezco una disculpa adelantada. Tampoco podrán leer aquí nada nuevo sobre la contingencia del momento. Para eso está López-Gatell. Lo que interesa, lo que me interesa, lo que podrán ver acá, si les alcanza la paciencia y consiguen vencer el terrible somnífero que de mis yemas ha salido, es otra cosa. No muy distante, lo confieso, pero sí otro asunto. No hablaremos (yo en el teclado, usted en su cabeza) sobre las afectaciones del coronavirus para con la educación. Lo mismo con la respuesta de la misma en relación con la pandemia. El tema de hoy será, con suerte, un conjunto de fenómenos que son producidos por el entrecruce de los asuntos educativos con la pandemia. O más bien, la intención es echarle un vistazo a esa máxima tan vieja como los cerros: la Nada es la potencia del Todo. Casi un vacío legal. El fenómeno se nos presenta más o menos así:

Existe un bosque -> el bosque se quema -> La vida es muerta -> surge la vida 

No es un algoritmo, que las flechas no le engañen. Es más bien un videoclip: léase de tal forma. Reprodúzcalo un par de veces e imagine qué podría uno decir allí. En ese bosque.

A la fecha, el 91.3% de las escuelas del mundo, registradas, claro, se encuentran cerradas. Eso según la UNESCO. Las escuelas cerradas podrían ser el bosque, o el bosque que se quema,  la vida muerta o, quizá, el surgimiento de la vida. Ahora sí, este es el tema.

Para abordarlo, de una vez por todas, les presento un par de frases, que no hay que retener en la memoria, pero sí prestarles atención durante un rato. La Nada teológica relativa y la Nada antropológica relativa. Estaremos paseando por sobre estas dos Nadas el resto del relato. Por ello, les hice un diagrama.

Elaboración propia

Más adelante hablaremos de ello. Por lo pronto, quiero escribir sobre un par de asuntos que me han volado la cabeza durante esta (pan)(dem)ia. El primero tiene que ver, como habría de esperarse, con la situación del cierre de las escuelas. La razón es bien simple, hay algunas preguntas casi inevitables: ¿qué pasará con las y los estudiantes? ¿qué pasará con los y las profesoras? ¿cuáles podrían ser las consecuencias a corto, mediano y largo plazo?

Desafortunadamente, lo decepcionaré una vez más: no vine aquí a responder estas preguntas. Hace unos párrafos decía que no interesa, aquí, el actuar de la educación ante la crisis, y visceversa. Sin embargo, hay una cosa, más discreta, que hay que hacer notar: otra pregunta: ¿de dónde vienen las cuestiones vistas? Tampoco voy a argumentar sobre lo real o lo legítimo de aquellos asuntos en cuanto a su fuente. Ni voy a construir un sujeto imaginario que haga de objeto aquí. Lo que sí, es que con tan ajada perspectiva de la inmediatez que ahora vivimos, algunas cosas son cada día más transparentes. Digamos, por ejemplo, lo que se ha dicho mucho ya: que el coronavirus ha puesto en entredicho a gran parte de la población mundial. Que, además, el sistema de salud público, así como el resto de las instituciones directamente relacionadas con el bienestar de la comunidad, es imprescindible. Cosa contraria, aquí comienza el argumento, a la tendencia de las políticas neoliberales. ¿Es este un fenómeno producido por el entrecruce de la pandemia con el campo educativo? la respuesta no puede ser afirmativa. Como ejemplo, había ya gente hablando de las contradicciones del neoliberalismo para con la vida humana. El mismo López Obrador sostiene que tal modelo económico ha terminado ya en México. Sabemos que se refiere a la tendencia de las políticas públicas, no es tan disparatado. Sabemos, sin embargo, además, que ello no implica el fin del neoliberalismo. En todo caso, el principio del fin, quizá, con suerte.

A pesar de esto, queda un vacío que ha sido narrado ya en muchas ocasiones, y con cientos de pretextos: todo aquella vida incongruente con algunos rasgos ya bien conocidos: la razón moderna, la tez blanca. Pero algunos más complejos y profundos, como ser hombre (o no mujer). Aquí hablamos de la nada antropológica relativa: ser incompatible con las características mencionadas; o sea, no tenerlas, o sea, no ser blanco, no ser hombre, no velar por la razón como parámetro de justicia o valor, conlleva consecuencias que bien podrían ser apriorísticas, y que podrían sintetizarse en una: la exclusión del Mundo: la separación del género humano. La nada antropológica nos dice que, de acuerdo a los criterios mencionados, uno puede ser o no ser, como dirían por ahí. Ser algo, pues, o ser nada.

Por fin apareció una nada. Aunque no es la que más nos interesa, pues no tiene mucho que ver con la pandemia, aunque hay quienes apenas notan el fenómeno a raíz de esta. Aún así, es un buen pretexto para ahorrarnos un par de párrafos inútiles y decir de una vez: la pretensión es caminar de lo abstracto a lo concreto.

La segunda cosa que me ha ‘’volado la cabeza’’ (disculpe la exageración), es la siguiente: escapar del maniqueísmo educativo parece no ser tarea sencilla. Afortunadamente no hacen falta nuevas preguntas, sino nuevos vistazos a las ya invocadas: 

Me ha llegado una cuestión,  a la cabeza, quiero decir, a través de un compañero profesor y profesor compañero: ¿Hemos de aprobar o reprobar a las y los estudiantes? Claro, en caso de que no fuese posible continuar, o evaluar, las clases on-line, cosa que representa otro tema, ¿qué hacemos?

De alguna forma he sido profesor, por lo que la pregunta va bien de la mano con lo que me quita el sueño luego de procrastinar el día: ¿cuál es la relación, en este caso, entre la forma y el contenido de la materia? No hablo aquí de materia escolar, ni de materia física, más bien de materia de substancia. Olvide usted este último párrafo, y mejor veámoslo una vez más, desde otros ojos: ¿es, para el estudiante, para el profesor, hacer-nada equivalente a hacer-algo? ¿Es hacer-algo, hacer-nada? Permítame defenderme, o a las preguntas: así pretenda yo quedarme quieto, dormido, muerto; así pueda yo parar el movimiento de mi cuerpo, siempre puede haber un par de leyes físicas, junto con un par de observaciones, que señalan cómo giramos involuntariamente por haber nacido en la Tierra. Una analogía nos podría llevar a pensar que hacer nada, socialmente hablando, es hacer algo. Solamente le ruego, señor, señora, que mantenga la calma y la prudencia cuando se habla de analogías. No estoy asumiendo la existencia de ‘leyes sociales’, sino algo más fundamental: la irremediabilidad, creo que acabo de inventar la palabra, del cambio. No es nada nuevo, no vaya usted a creer. Mientras uno, en su resistencia, se esfuerce por padecer estático, por conservar la configuración actual del mundo, allá afuera, donde las cosas importan, el proceso social se sigue desarrollando. ¿Qué significa eso? Veamos un par de palabras de Federico Engels:

“[…] pese a los fines conscientemente deseados de los individuos, un aparente azar;

rara vez acaece lo que se desea, y en la mayoría de los casos los muchos fines perseguidos se entrecruzan unos con otros y se contradicen, cuando no son de suyo irrealizables o insuficientes los medios de que se dispone para llevarlos a cabo. Las colisiones entre las innumerables voluntades y actos individuales crean en el campo de la historia un estado de cosas muy análogo al que impera en la naturaleza inconsciente.”

El azar al que se refiere es uno muy peculiar, uno que voy a llamar ontológico, nomás porque puedo. ¿Por qué los planetas son de tal forma y de órbita elíptica? No desenfunde todavía la ley de gravitación universal, porque el caso sería el mismo: al final está lo que hemos llamado azar. Es casi como la personalidad del universo, de ahí lo ontológico.

En lo social hay voluntades, deseos, como bien dice Engels. La combinación azarosa de esto y más, de nuevo, como bien dice Engels, arroja una sensación de azar. Esa sensación no existe al desnudo en la vida cotidiana, más bien parece que hay un sentido, y lo hay: el progreso. ¿Por qué se talan los árboles? Por el progreso. ¿Por qué se envenenan los ríos? Por el progreso (no admito aquí, señor, señora, lectora, el comentario que aderece de accidental la contaminación causada por Grupo México, entre otros). El progreso tuvo que salvar ese momento del pensamiento, en nuestras cabezas, en el ‘imaginario colectivo’, en el que todo parece azaroso. El progreso tuvo que vencer al azar para postrarse como amo y señor del curso de la historia. Lo mismo con la ley de gravitación de Newton (o la que usted quiera). En la diferencia estriba el punto más importante: la ley de gravitación universal ha conseguido vencer al azar gracias a su extraordinaria precisión el la predicción del movimiento al que hace alusión. No podemos decir lo mismo del progreso: este, más bien, se ha impuesto en aquella lucha, o colisiones, como dijo Engels, de voluntades que producen la historia. No se ha impuesto por su valor para con el género humano en su totalidad, sino por otros medios, generalmente violentos (aquí le pido la confianza, no hay espacio para hablarlo con propiedad).

«Angelus Novus» de Paul Klee. Pintura que el pensador Walter Benjamin se basó para indicar su tesis sobre la historia

Por fin ha llegado el invitado de honor. Suenen las trompetas. La invitada, debí decir: la nada teológica relativa. Todo lo que no es ‘progreso’, con la modernidad, debe ser desechado al basurero de la historia. Note que hasta aquí no hemos siquiera intentado acercarnos al significado de esa palabra, del progreso. No es necesario hacerlo.

Tenemos ya dos nadas presentes: no acaban de nacer, pero si las arrojamos al México actual, aparecen-desde-la-nada, un par de consideraciones sobre los fenómenos que hace rato dije, son producidos por el entrecruce de la pandemia con la educación. ¿Debemos reprobar o aprobar a los y las estudiantes? ¿Debemos regresar a las aulas el 1 de junio? ¿Qué pasaría si no? Lo realmente serio estriba en quién consideramos que debería dar la respuesta. ¿Dónde hay que poner la mira para encontrar el objetivo? Gracias al trabajo que ha mostrado López-Gatell, es evidente que uno de los papeles, que parecía en el olvido, de las instituciones es resolver los problemas comunes. En este caso, un problema de salud es materia de la Secretaría de Salud. En cuanto a la educación, el problema, visto de cerca, es independiente de la emergencia sanitaria. ¿Qué se discute al respecto? Un periodista, presente en la conferencia de prensa sobre COVID-19, recién preguntaba sobre los protocolos a seguir para ‘el regreso a clases’. El subsecretario de salud se limitó a responder que trabajan diariamente en el tema, dejándolo como algo próximo a revelar. Sin embargo, la tarea no es un asunto de salud, sino educativo. ¿Cuál es el origen de las clases a distancia, por ejemplo? ¿Por qué los esfuerzos se han dedicado a mantener el ritmo, el progreso, de los educandos, del sistema educativo como algo vivo? ¿Qué pasa si, como dicen, le ponemos freno a la marcha? Estamos viendo, día con día, qué sucede cuando se omiten las preguntas: una contradicción interna que ha provocado desmanes por todos lados: por un lado, aflora la desigualdad en cuanto al acceso a la educación y se ponen de relieve las pésimas condiciones de trabajo, incluyendo salarios, por supuesto, de los y las trabajadoras de la educación. Todo ello, quizá, ya podíamos verlo todas y todos. Era ya un tema antes de la emergencia sanitaria. Pero ¿qué sucede con las evaluaciones? Muestran algo que generalmente permanece oculto: si uno se desprende de ellas, el sistema educativo se vuelve completamente ambiguo. ¿Significa esto que lo necesario es producir una forma de evaluación a prueba de pandemias? Absolutamente no: todo lo contrario: lo necesario es un sistema educativo fundado en algo más. Algo más allá del progreso. Llévese como conclusión lo siguiente: el sistema educativo se encuentra atropellado. En cuanto a la operación y otros asuntos meramente formales, podemos hablar del neoliberalismo como una de las causas. Sin embargo, lo que se escapa es la verdadera enfermedad: el sistema educativo es tan[1] abstracto como el progreso. Es por ello que no se puede detener, no se ajusta a los educandos, ni a los profesores, sino al mercado, por lo general, de manera sistémica, más allá del valioso y valeroso esfuerzo de profesoras y profesores en todo el país. Una analogía puede esclarecer la idea: es tan impensable detener el andar del sistema educativo, como lo es detener la producción. A esto me refieron con que son análogamente abstractos. Sus fundamentos son conceptuales, son ideas hegemónicas echadas al mundo para ser tomadas por naturaleza. Este ser tomadas, no es opcional y esas ideas, por supuesto, van acompañadas de la respectiva explotación y opresión que sirven para imponerlas, pero también sucede al revés. No espere, pues, un gran regreso a clases si por ello entiende el reencuentro de la educación para la liberación, para la preservación y reproducción de la vida, humana y no humana. Vaya usted a vanagloriarse si es de los que viven de lo que han osado llamar capital humano. Si es usted una de esas poquísimas personas del mundo, si puede llamarseles personas, seguro que el 2020 será un grandísimo año.

Por Alberto Duarte

Twitter: @btttttttttto


[1] Esta es la razón por la que me permití abandonar el suelo en la primera parte del relato: considérese tal nivel abstracción y póngalo en los asuntos educativos. Así de nuboso resulta el panorama.

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