Feminicidium, del latín «dejen de matarnos»

Antes que nada, unas presentaciones. Este texto tiene repetidamente el singular/plural femenino atendiendo a que me dirijo a «personas»; aunque, simpatizo con la matemática y socióloga Raquel Gutiérrez cuando dice: «Necesitamos, para comenzar, establecer un ‘nosotras’, abarcativo de mujeres y varones en esfuerzo perseverante por ponernos de pie» [1]. Este escrito no tiene nociones jurídicas fundamentadas, por lo que se sugiere a las que leen, el considerarlo como resultado de la reflexión vagabunda y el acceso a internet.

Por otro lado, conozco de teorías-prácticas feministas, pero no busco aquí promover ninguna en particular; primeramente, porque hay muchos y distintos feminismos, y personalmente me gusta de chile, mole y pozole, aunque de entre lo que conozco sí siento mayores coincidencias con los feminismos latinoamericanos y kurdos. Si bien tener vagina y no ser feminista me resulta un absurdo, por lo que aplaudo, acompaño y me siento representada por distintas expresiones de esta ideología-práctica, no estoy de acuerdo del todo con ciertas posiciones populares sobre el aborto, como «mi cuerpo, mi decisión» (me suena individualista), o la promoción del reducir los nacimientos para evitar criminales o la  «sobrepoblación»; lo uno me suena clasista [2], y lo otro ahora sí que antinatural, y poco crítico. Si de sobrepoblación se tratase, bien valdría de igual manera promover el suicidio; pienso que lo que se requiere es una crítica a cómo las formas en las que los grupos sociales satisfacemos nuestras necesidades y concentramos la riqueza nos han llevado a la crisis ecológica, y necesitamos un cambio en consecuencia, no una auto-eliminación, postura que, además, nunca prescinde de juicios sobre quién sí merece o no reproducirse, basados en ideas también clasistas o racistas, principalmente.

Finalmente, tampoco pienso que todas las mujeres/trans-mujeres padezcamos la violencia de género por igual: «el género nos une, pero la clase nos divide» [3]. Ahora que, estoy a favor de la no-criminalización del aborto, pues cualquier criterio moral/religioso para juzgar decisiones de este tipo de alguna persona me parece hipócrita en la mayoría de los casos («el que de vosotros esté sin pecado… [4]); prefiero los criterios éticos, entendiendo la ética desde la Filosofía de la Liberación: pensar desde las otras [5]. Ahora que, por mis ideas sobre la vida, preferiría un mundo en el que las mujeres no necesiten del aborto y, en un futuro, «por cada hombre o mujer que nos maten, pariremos cientos de niños que seguirán sus pasos» [6].

Ahora sí: los feminicidios en México, el proyecto de la llamada Cuarta Transformación (4T) y una cosa misteriosa que llamaremos la colonialidad del poder.

Difícilmente podría decirse que la «agenda feminista» es más relevante en el nuevo gobierno mexicano, ni ahora ni durante los años de su conformación; lo que sí podemos decir es que la 4T se planta frente a los cuestionamientos de una manera más legítima que gobiernos anteriores, no tanto por los informes matutinos del Ejecutivo, sino en cuanto al gran grupo de personas que cree en este proyecto y trabaja para construirlo; sin embargo, lo que podría ser una confrontación de ideas fructuosa, suele entrar en tensión y volverse agresiva. Desde mi punto de vista, ello pasa entre otras cosas, por los referentes que todas traemos a cuestas y que definen nuestras formas de pensar; particularmente en la simpatía con MORENA, podemos identificar a Benito Juárez y Lázaro Cárdenas como parte de las fuentes de inspiración de este nuevo régimen. Más allá de lo que diga Televisa y la historia oficialista, pensemos en la relevancia de estos antecedentes ideológicos para el caso de los choques con el feminismo en general, y en particular en cuanto a la judicialización de los homicidios y sus distintas especies y agravantes.

Con Juárez, que se corresponde con una época en la que las mujeres ni siquiera se consideraban ciudadanas sino apéndices extras del marido, podemos encontrar la separación de la Iglesia y el Estado y la epopeya fundacional del Estado-Nación mexicano, con su llamado a la unidad nacional; por lo primero, la 4T no coincide pues se ha aliado con grupos religiosos para ampliar sus bases sociales, lo que obviamente tiene implicaciones para con el feminismo, pero por lo segundo, salta a quien escribe que las diferencias o críticas al régimen pasan a considerarse casi inmediatamente como provocaciones o invitaciones a romper el acuerdo electoral que llevó a este nuevo partido a la dirigencia nacional. Quizá aún más importante, este renovado llamado a la unidad minimiza la diversidad de experiencias políticas en México, trátese de pueblos indígenas, neo-zapatistas de Chiapas, organizaciones por la defensa del territorio y, por supuesto, movimientos feministas, proceso también común al régimen juarista y su contexto. De hecho, aquí partimos de acuerdo con la antropóloga Rita Segato cuando indica que esta necesidad de unidad es en realidad una invitación forzada a aceptar y colaborar con la hegemonía de los gobiernos centralistas, sus prácticas y sus formas de ver el mundo y, por ende, estará en constante choque y contradicción con otros esquemas de organización social más horizontales [7].

Con Cárdenas, la cosa es, a ratos, distinta; considero que este régimen es el que más cerca estuvo de traer una justicia social, si decidimos ignorar, por supuesto, la persecución de sus opositores, justificada de nuevo por el llamado a la unidad nacional. «Tatita Cárdenas» también brilla, desde su apodo, por un paternalismo gubernamental que AMLO evoca constantemente, pero, el general tiene una historia aún turbia en cuanto a su procreación extra-marital, ante testimonios de hijos no reconocidos [8]; no obstante, su relación con su esposa Amalia Solórzano ha sido muy romantizada: cuántas veces me habrá contado mi madre que la residencia presidencial se llama «Los Pinos» por la hacienda michoacana donde Cárdenas conoció y se enamoró de Amalia, a quien hasta Eduardo Galeano señaló como símbolo de todas las mujeres mexicanas… madres abnegadas y acompañantes ensombrecidas de los grandes actores políticos (esto último lo digo yo, no Galeano [9]).

Y dirán ustedes, ¿eso qué tiene que ver con la gestión como funcionario de la patria? Bueno, aquí entramos en contradicción directa con los feminismos… «¡Lo personal es político!», escuchamos en las Jornadas por la defensa de la vida y el territorio del Congreso Nacional Indígena, y en muchos otros espacios donde las feministas nos convocan a, precisamente, dejar de separar las esferas de la vida como si «tatita Cárdenas» hubiese sido dos personas distintas para con los obreros y campesinos, y para con su esposa y otras compañeras sentimentales; no, no y no, nos dicen las feministas: para construir nuevas relaciones entre los grupos sociales debemos empezar por nuevas formas de construir vínculos personales, íntimos, «amorosos».

Es así que llegamos al fiscal general Alejandro Gertz Manero que, fiel a la tradición que lo precede, enuncia en días pasados a los ancianos, los niños y las mujeres, como grupos altamente vulnerables y, por tanto, sujetos de mayor protección de papá gobierno [10]. Acompáñeme quien lee a responder: en ese esquema, ¿quiénes quedan fuera del mayor riesgo? Sin prisa… Si en México, y otros países en similares condiciones, los hombres de mediana edad son las principales víctimas de homicidio, ¿por qué para el fiscal y compañía, todas las demás personas somos las más vulnerables? Al buscar las causas de esto, quien lee obtendrá su propia definición del proceso histórico que los feminismos llaman «El Patriarcado». Tratemos una explicación y quizá lleguemos a una conclusión como la de AMLO: para él, los hombres se matan entre sí por las secuelas del neoliberalismo, es decir, por la necesidad de unas prácticas económicas criminales que se pagan con sangre que, de sustituirse por alternativas de empleo legales y bien remuneradas, impactarían en las muertes violentas. Hasta aquí, estoy de acuerdo; pero entonces, ¿¡Por qué a todas las demás se nos piensa como las más vulnerables!? Para estas manos que escriben, la respuesta se esconde en que la violencia sistemática es ejercida por estos mismos hombres de mediana edad independientemente de su condición laboral, quienes juegan un rol más importante para con las demás personas en esta cosa que llamamos sociedad moderna, ya sea de padre, esposo, jefe, etcétera.

Y es con esa idea que quienes se organizan para profundizar en las causas de esta vulnerabilidad social aparentemente ajena al llamado crimen organizado, y específicamente en el caso de las mujeres sobre todo a partir de los sucesos de asesinatos masivos en Ciudad Juárez, Chihuahua, pugnaron por el establecimiento de una especie de homicidio particular, el femicidio o feminicidio, que al paso de los años ha acumulado estadísticas que evocan su especificidad: parte importante de los casos se presentan en el entorno doméstico y es perpetrado por familiares, personas cercanas o conocidos de la víctima, con violencia sexual, vejaciones y armas/ataques que someten a las víctimas de formas más invasivas que un arma de fuego (ahorcamientos, cuchilladas, golpizas, etcétera). ¿Son más «crueles» que un asesinato por desmembramiento, tortura, o ráfaga de balas? ¿¡A quién le importa!? No se trata de una competencia, sino de observar que las motivaciones y las consecuencias son distintas.

Cientos de testimonios de jóvenes sicarios en México nos remiten a que ellos saben «en lo que se metieron», prefieren vivir pocos años en la opulencia de los automóviles enormes, las joyas, las armas, el alcohol y las mujeres (no olvidemos a las «mujeres del narco», que afirman cosas similares) y eventualmente morir acribillados, que alargar su vida en condiciones que les resultan precarias. Lo primero les parece hasta heroico (véanse las constantes referencias a la «hombría» y valentía de los narcotraficantes en las canciones y series televisivas populares), en una época en la que, tristemente, no hay muchos otros «héroes» a quienes admirar de forma realista. Por otro lado, ni mujeres, ni niños ni ancianos son personas voluntarias para ser agredidas hasta la muerte. Lo que pasa es, entonces, que la violencia se hizo cultura. Y es aquí donde difiero radicalmente con don PG: estos grupos han sido violentados sistemáticamente por los «hombres» desde mucho tiempo antes que el neoliberalismo expoliara América Latina. Y ampliemos un poco más, hacia los grupos afrodescendientes, indígenas, minorías religiosas y personas sexualmente diversas, o simplemente no-blancas, por ejemplo. ¿Por qué han sido todos ellos, grupos a los que llamaremos «los menos», siempre violentados? Los feminismos latinoamericanos nos muestran que hay una coincidencia general: todos los violentadores se han plantado desde una posición de superioridad que han encumbrado mediante cierto tipo de orden social, tácito/explícito o hasta jurídico, más allá de la fuerza física.

En su momento, «los menos», no menores en cantidad, fueron esclavos, cosa perfectamente legal en la mayoría de las grandes civilizaciones; luego, las religiosidades principales dijeron que había unos «menos» más «menos» que otros, como los afrodescendientes e indígenas, y entonces sólo ellos eran esclavos; después, los nazis/estadounidenses dijeron que los judíos/japoneses eran «más menos», y ellos podían confinarse como esclavos modernos, en los campos de concentración. En esta nueva era, los «más menos» están más diluidos, pero en correlación con el nivel de riqueza monetaria, según la cual podemos ser forzados a trabajar en minas, campos y prostíbulos en contra de nuestra voluntad. Nótese que en todo este fragmento no hay «nosotras»; aquí hay un «nosotros» para resaltar que esta violencia no discrimina por género directamente: la transformación de las personas en objetos, o sea, el ignorar su voluntad con base en algún criterio de superioridad INVENTADO por un grupo social encumbrado, es un mecanismo de dominación presente en la historia humana, cuyos saltos previamente enunciados nunca fueron por la bondad de los opresores, sino que se acompañaron por revueltas, guerras y protestas que nos costaron mucho y, si me preguntan a mí, aún no se ha ganado lo justo.

Este mecanismo recibe distintos nombres; habrá quienes le llamen maldad, ambición, ignorancia, incomprensión… aquí yo le llamaré odio [11]. Porque a como yo la veo, casi todos los homicidios son por motivos económicos (robar de alguna forma u otra, principalmente), pero hay otros asesinatos que son por un odio que está atravesado por la visión de las demás personas como si fuesen cosas a disposición de la voluntad ajena. Desde una lógica formal, cada tipo de odio implicaría una especie de homicidio y sus agravantes, así como otros «crímenes de odio» no mortales; sin embargo, no hay tipificaciones de odio contra los niños o los ancianos, y todo lo racializado (afro/indígena) se agrupa cuando se habla de «genocidio» multitudinario o como agravante de un homicidio «convencional», al igual que con los asesinatos de personas homosexuales o transgénero; la razón de esto, a mi ver, es muy sencilla: no hay necesidad de tipificar algo que escasamente se presenta, o mejor dicho, que se presenta mucho pero no se judicializa, porque está validado por el orden social. Y si no se judicializa, no hay registros sistematizados que nos permitan reflexionar sobre sus causas y repercusiones; si se difumina de esta manera al feminicidio como en el pasado, fenómeno que logró sobresalir como figura legal por lo impactante de su recurrencia y por la organización de amigas y familiares de las víctimas, entonces todas seguiremos muriendo y nadie será «ajusticiado», y los que lo sean saldrán eventualmente, por algún tecnicismo, multa o pago en años «suficientes», pues el aparato judicial del Estado es, según esta lógica, un perro que se persigue la cola, y esa es la mayor limitante de la autoproclamada «república amorosa»: el odio encarnado, el odio hecho cultura.

Está fea la cosa si eres mujer, niña o anciana, y también si eres niño o anciano, si eres afro o indígena, si eres homosexual o trans, en perfecta proporción al número de ceros de tu cuenta bancaria, porque si a cualquiera de lo anterior le agregas el ser pobre, todo se pone más que feo [12]. El feminismo interseccional llama a observar precisamente esta múltiple clasificación social que nos hace más o menos propensas a la violencia; por ejemplo, comentaba un buen amigo hace unos días, ¿por qué no sería feminicidio cuando un grupo de mujeres murieron quemadas adentro de un Coppel en Culiacán, al ser encerradas por sus capataces? Y le contestó otro algo así: porque a ellas las odiaban por pobres, no sólo por mujeres.

Aunque, su condición de mujer es la que las hizo susceptibles al encierro en un ambiente laboral «seguro», entiéndase de menor riesgo que una mina o un barco pesquero, donde, según aquel amigo primero, las labores por sus características requieren el riesgo y es parte obligada del trabajo asalariado. Volvamos aquí a la interseccionalidad: las condiciones aparecen en jerarquía. No es lo mismo mujer-pobre que pobre-hombre, pues, supongamos, el hombre que encerró a las trabajadoras de Coppel pudo haber sido pobre también, pero bajo otra interseccionalidad que lo encumbraba por sobre éstas; así igual si hubiese sido una mujer-rica, que, no obstante, sería quizá igual de susceptible de ser encerrada hasta su muerte por su marido rico-hombre (y en general, jamás diría que las víctimas no pueden ser también victimarias de algún tipo de crimen de odio, pero ése no es el punto). Algunos feminismos anotan estas relaciones filosóficas para afirmar que el patriarcado es la primigenia de las opresiones sociales, y con ello se pueden conjugar posturas como el de remunerar el trabajo en el hogar o legalizar la prostitución, siguiendo cierta jerarquía de condicionamientos sociales (personalmente reservo dudas sobre estas dos posturas mencionadas, pues ponerle precio a limpiar el propio entorno y al placer corporal me resultan deshumanizantes, aunque estoy de acuerdo en que ésta última requiere visibilizarse sin tabús morales para, de nuevo, sacarla de la penumbra del orden social que la aprovecha en detrimento de la voluntad de miles de mujeres retenidas en las redes del negocio de los cuerpos); pero, yo creo que el problema mayor queda allá arriba, en el convertir a las demás en objetos, en odiarnos porque así se nos ha enseñado.

Entonces, vivimos en una sociedad fundada por, como dice mi libro favorito, «los hombres que no amaban a las mujeres» [13]… Ni a los niños, ancianos, indígenas, afrodescendientes, gays, lesbianas, pobres… Así la cosa, ¿Qué opciones nos quedan, estimada lectora? Propongo, junto con muchas feministas que, si se trata de odio, luchemos en nombre del amor. Pero no me confundan, no hablo del amor de las telenovelas. A lo largo de la historia de las ideas que he referido aquí se han sucedido distintos referentes en la lucha por «los derechos de las mujeres»; los derechos de votar en elecciones y participar en el mercado laboral se han entremezclado con una noción de empoderamiento femenino; pero, si la política como la conocemos es injusta por naturaleza según Rita Segato, y el neoliberalismo – corrijo, el capitalismo -, nos maltrata igual o peor por ser mujeres, ¿dónde está quedando nuestro «poder»? Opto por mejor hablar de libertad, y para ello hago eco de la mujer, afrodescendiente y de origen humilde, Eunice Kathleen Waymon, mejor conocida como Nina Simone: la libertad es vivir sin miedo.

La tipificación del feminicidio y la estadística de éste, por más somera y corrupta que sea (al igual que el resto de las «estadísticas oficiales» sobre criminalidad), permite acercarnos a las causas y repercusiones del fenómeno; pero, según la ginealogía, «ciencia de las mujeres» o Sociología de la libertad, desarrollada en el Kurdistán, «el pueblo más grande del mundo sin un Estado-Nación», la respuesta no vendrá de ningún gobierno, pues para ellas, la figura del Estado-Nación y su negación de la diversidad «es el último y más acabado instrumento del patriarcado» [14]. Este pueblo, atacado por sus países vecinos y la comunidad internacional, tiene una lucha armada reconocida a nivel mundial por su ejército de mujeres; creado por mujeres que huyeron de matrimonios forzados y/o para poder vivir con la persona amada, este verdadero ejército amoroso surge tras 40 años de aprendizajes en un movimiento social masivo, que llegó a la conclusión de que la libertad popular debe empezar por la libertad de las mujeres. No estoy diciendo que aquí la cosa es así tal cual ni que nos vayamos a vivir a la montaña con una AK-47 (quizá después, ya veremos), pero hay muchas cosas que podemos aprender de las kurdas; una de ellas, es la justa y necesaria desobediencia civil.

No por nada el territorio zapatista en Chiapas es la única parte de México sin feminicidios… Las protestas feministas son constantemente tildadas de estar orquestadas, provocar destrozos y violentar la sacrosanta propiedad privada; aunque, testimonios en movilizaciones recientes muestran el despliegue policiaco para «vigilar» las manifestaciones, el cierre voluntario de los establecimientos en la ruta de la marcha, y la restauración de las locaciones alteradas de un día para otro; también se acusa que se «violente» el espacio público en vez de la casa de los abusadores o los prostíbulos, cuando sabido es que la forma más fácil de hacer que te maten en este país es confrontar a un hombre poderoso en sus negocios, ilegales, sí, pero como he tratado de mostrar, ampliamente avalados y disfrutados por el orden social [15] (y, aun así, las organizaciones de mujeres combaten estos espacios también de variadas formas). En ese sentido, valga aquí recordar al historiador Eric Hobsbawm: «en época de revolución nada tiene más fuerza que la caída de los símbolos» [16]… ¡Así sea!

Recordando que lo personal es político, en mi caso las protestas estudiantiles en mis años de universitaria trajeron los vínculos de amistad más importantes de lo que va de mi vida; todas ellas me ayudan a ser libre, o sea, a vivir sin miedo. Estoy segura de que el movimiento feminista está significando lo mismo para muchísimas, así que aquí termino invitándoles a que, como tantas otras personas lo han hecho en la historia que nos precede, pensemos desde las otras, las que se parecen más a nosotras, lo que incluye esa curiosa condición de pensar diferente. Si ya se ha intentado la revolución de tantas formas, ¿por qué no tratar ahora por el lado de la igualdad de género? Amémonos por la libertad, por vivir sin miedo, y renazcan los hombres para seguir nuestros pasos. Como dirían las kurdas: «la esperanza es más valiosa que la victoria».

[1] Libro «Palabras para tejernos, resistir y transformar en la época que estamos viviendo» (2011).

[2] En el libro «Freakonomics» de Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner (2005) puede encontrarse un estudio sobre la legalización del aborto como factor determinante de la reducción de la criminalidad en Estados Unidos de América.

[3] Cecilia Toledo (2000), artículo disponible en: https://www.marxists.org/espanol/tematica/mujer/autores/toledo/2001/genero.htm

[4] …sea el primero en arrojar la piedra contra ella» (Juan 8:7 RVR1960). Este popular versículo del evangelio según Juan «se le olvida» muy seguido a los pastores y sacerdotes que van por ahí dando sus opiniones sobre los cuerpos, decisiones y situaciones de la gente; mientras que, «recuerdan» los pasajes del Pentateuco cristiano (la Torá judía) sobre la culpabilidad de Eva, la abominación de la homosexualidad o de la mujer/hombre que usa ropa del opuesto; «la Biblia puede leerse en contexto», me dijo alguna vez un maestro, y esta pecadora que escribe piensa que todo texto sacro es siempre interpretado, por lo que son oportunistas los ministros de la fe religiosa que pertinentemente olvidan que esos mismos libros debieron ser «actualizados» para no seguir sacrificando animales o matando gente en nombre de Dios y, en última instancia, su mensaje fue «corregido» por el mismísimo Evangelio que dicen predicar. Con base en estas «selecciones» sacras también se busca disculpar constantemente el comportamiento masculino, mientras que, si de escoger se trata, yo opto por Proverbios 6:31 (RVR1960), donde dice que hombre que sea sorprendido en adulterio «entregará todo el haber de su casa», por ejemplo. ¡Decídanse!

[5] Un texto breve que refiere a esta noción de ética es el de «Hacia una nueva cartilla ético-política», del filósofo Enrique Dussel (2019), quien es ahora el asesor principal de los grupos de formación política de MORENA. No me decepcione, Yoda.

[6] Gioconda Belli, fragmento de «Engendraremos niños», de su poemario «Línea de fuego» (1978), en el que evoca a las guerrillas latinoamericanas que pelearon a lo largo del siglo XX contra las dictaduras militares. La lectura de «Ciento veinte millones de niños en el centro de la tormenta», introducción del libro «Las venas abiertas de América Latina» de Eduardo Galeano (1971) también dejó una huella profunda en mis consideraciones sobre el aborto.

[7] Tuve la oportunidad de escuchar su conferencia «Nuevos rumbos teórico-políticos: institucionalidad y comunalidad a la luz de la Colonialidad del Poder y de las luchas feministas del presente» (2019); la producción escrita de esta investigadora es de fácil acceso en Internet.

[8] Jacobo Zabludovsky, en medio de las campañas en contra de Cuauhtémoc Cárdenas en el año de 1988, entrevistó a dos hijos del general en el noticiero nacional. En el best-seller «Arrebatos carnales 2» de Francisco Martín Moreno, peculiar historiador mexicano, se anota que muchos de los niños cuidados por Amalia Solórzano eran hijos del general, a quienes llevaba a Los Pinos con la justificación de: «mis hijos son hijos de la patria». Quede a quien lee el deseo de dar fe a estos relatos, por convicción o investigación.

[9] Declaraciones retomadas de: https://www.jornada.com.mx/2012/10/24/cultura/a03n1cul. No puedo acusar a Galeano de incongruente pues en vida no se pronunció «feministo» que yo sepa, pero sí vale la pena re-humanizar las opiniones de estos autores que nos encantan y situarlos como individuos producto de su propio tiempo.

[10] Conferencia matutina de AMLO, 10 de febrero de 2020. Declaraciones a partir del minuto 28:45: https://www.youtube.com/watch?v=t9JxhPlIc2Y&t=3235s

[11] Aníbal Quijano fue un sociólogo peruano que inició el desarrollo de las teorías sobre la colonialidad del poder, las cuales enuncian que estas invenciones de superioridad que fundamentan los órdenes sociales, giran en torno a la búsqueda de monopolizar las decisiones sobre los ámbitos básicos de la vida humana: recursos y productos del trabajo, sexo, autoridad colectiva, y subjetividad/intersubjetividad. Para mayores referencias de su obra y de las ampliaciones y aplicaciones de este pensamiento, recomiendo el libro «El giro decolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global» (2007) y el artículo «Colonialidad y género» de María Lugones (2008), quien revisó la obra de Quijano y le insertó la perspectiva de género de forma transversal.

[12] Cuando digo pobreza no me refiero a alguna escala de medición específica, sino a esa condición que muchas compartimos de no poder acceder a las mieles de la señora justicia por incapacidad de pago.

[13] Stieg Larsson (2005, publicación póstuma).

[14] Todas mis referencias al pensamiento kurdo provienen del ciclo de conferencias de Melike Yassar, representante del Kurdistán en América Latina, en la Cátedra Jorge Alonso de la Universidad de Guadalajara 2019. Para más sobre ello pueden consultar el libro «Jineolojî» publicado por el Comité de Mujeres en Solidaridad con Kurdistán (2017). En el libro «Mujer. Vida. Libertad. El movimiento de mujeres de Kurdistán» también resalta la contraposición cultural hasta en el idioma, donde la raíz «jine», del kurdo, es común a los tres términos señalados en el título de ese libro, en contraposición del «homini-femini» del latín, o varón-varona y hombre-mujer de las tradiciones judeo-cristianas y sus correspondientes adscripciones de virilidad/debilidad.

[15] La ganadora del premio nacional de periodismo Sanjuana Martínez ha realizado investigaciones sobre cómo es que «las redes de trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual están compuestas por hombres de poder». Artículo disponible en: https://www.sinembargo.mx/01-10-2018/3478544?fbclid=IwAR0CaJEKEjej46XU4Zblr6tuIjoQUzdpHUC_JJ96n-ut4H8Brh_qv3t1Vaw

[16] «La era de la revolución. 1789-1848» (1962).

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