LA INVISIBILIDAD DEL ACOSO CONTRA LA MUJER: PRIMERA NOTA PARA UNA CRÍTICA A LA MULTIDIMENSIONALIDAD DEL ACOSO

La reflexión filosófica debe de recaer por autentica necesidad en las contradicciones del actual sentido de la vida referente a la mujer, a la feminidad y a la erótica. El telos de la filosofía es la crítica a la irracionalidad devenido de un des-encubrimiento minucioso de aquello que está como fundamento contradictorio de tal irracionalidad. El acoso del varón hacia la mujer es tan solo una dimensión de la irracionalidad pertinente a las relaciones sociales; relaciones intersubjetivas, de afecto, varón-mujer, etc. Es, en efecto, tan solo una dimensión irracional, pero, al mismo tiempo, una dimensión basta específica, confusa, invisible, en-cubierta, nebulosa e inapreciable.

En movimientos y actividades que se nos presentan en la cotidianidad de la vida  como “naturales” podrían existir formas ocultas de acoso que incluso al sujeto más atento y crítico se le podrían escapar.

En concreto; el acoso es violencia desplegada hacia otra subjetividad, hacia otra humanidad. La violencia, por su parte es, en concreto, la transgresión de la voluntad del otro. Una dimensión  de esa voluntad es el conocimiento o desconocimiento de una subjetividad, esto es, de la relacionalidad intersubjetiva. La voluntad, en una relación humana, entre dos personas por ejemplo, está determinada, en primera instancia, por el conocimiento directo, esto es, por la razón, el acuerdo y el dialogo: por la voluntad entre esas personas. El querer relacionarse con el otro es el fundamento nuclear de la voluntad en una relación intersubjetiva. El querer relacionarse determina directamente el conocimiento o desconocimiento en una relación humana.

Este exiguo entramado de definiciones es aplicable a toda relación humana. Pero, ciertamente, la que nos interesa e importa es exclusivamente la relación subjetiva de trasgresión de la voluntad de la mujer: el acoso hacia su humanidad. En todas estas pequeñas palabras y, sobre todo, de significaciones, yace la invisibilidad del acoso ejercido por el varón; el cual se nos presenta en nuestra realidad contradictoria como otra cosa, como otra actividad natural que desplegamos en nuestra cotidianidad, tà éndoxa, como actividad natural que imprimimos en nuestra realidad cotidiana de forma poderosamente inconsciente. El varón acosa a la mujer de forma específicamente variable y no se percata ni mucho menos, y no puede hacerlo, no puede percatarse: de eso trata esta invisibilidad del acoso. Lo que hay detrás es una fetichización altamente solidificada de la relación sujeto-sujeto vuelta sujeto-objeto y, por otro lado, la fetichización del lenguaje, que es una expresión o reflejo directo de la ambigüedad universal de la racionalidad moderna constituida desde su origen.

Visto desde la abstracción o más bien, desde el pensamiento abstracto, propio del filósofo; el acoso es la barbarie en movimiento de circulación lineal —barbarie que retorna infinitamente sobre la barbarie—; movimiento constante de ocultación de la ambigüedad irracional moderna. Es la inversión permanente de la iluminación redentora de los conceptos y categorías ambiguas en cuanto relacionalidad intersubjetiva; conceptos y categorías, es decir, lenguaje, propio de la relación mujer-varón, relación social y relación erótica. Acoso es la destrucción violenta de la sacralidad femenina, es destrucción de los ejes articuladores de la relacionalidad humana: el querer conocer en cuanto voluntad, el dialogo, el consenso y la razón. El acoso destruye de forma práctica invisible el mecanismo de acrecentamiento y perpetuación de la vida humana. Cuando violenta a la mujer el acoso del varón acosa a la vida misma, a las condiciones de posibilidad para su reproducción. Sacralidad de la mujer quiere decir sacralidad de la vida, sacrātus sacratae. Bastaría que recurramos a la racionalidad mítica milenaria para argumentar esto pero aquí no es lo propuesto.

El acoso del varón destruye al amor; es expresión de la fetichización del amor, es reflejo de un producto directo y natural del machismo estructural. El acoso del varón invisible es la fetichizacion de la relación sujeto-sujeto y, por otro lado, la fetichizacion e inversión  de la relacionalidad humana en cuanto humana real, fetichizacion de la erótica. Cuando el acoso del varón destruye paulatinamente al amor, en la realidad cotidiana, destruye paulatinamente, por antonomasia, a los anillos categoriales unificadores de la humanidad y del cosmos: destruyen el porvenir, es decir, a la historia. El acoso es, naturalmente, una perversidad, es una dimensión de la anti-mística. Es fragmentación y no conciliación, es división y no unificación; es división y fragmentación de la energía humana unificadora del varón y la mujer, es división y fragmentación de la justicia, la bondad, el perdón, el respeto, la razón, el dialogo y el consenso entre la mujer  y el varón, es decir: del amor.

Despejemos todo esto. El punto específico es, entonces, éste: el acoso invisible desplegado del varón. La invisibilización del acoso femenino es un reflejo de la actualización de los fetiches  modernos; los cuales, a su vez, son la actualización de los fetiches de la tradición occidental. Este estadio civilizatorio surge exactamente a través de la ocultación de una tradición; a través de la barbarie vuelta subjetividad, vuelta una forma e idea de ser humano. Cuando la barbarie determina la forma e idea de ser humano la cosificación brota desesperadamente; cuando el otro es bárbaro el otro es cosa. Los seres humanos se vuelven cosas para otros seres humanos, la inversión se da, el en-cubrimiento de las relaciones comunitarias sujeto-sujeto —ajenas a esta edad moderna— se ponen de cabeza y quedan de pie las relaciones sujeto-objeto. Cualquiera representa un medio para el cumplimiento de un fin de alguien.

La mujer es constituida como un objeto del varón: es el fundamento del machismo estructural, en cuanto pecado original, montado en un sistema patriarcal milenario que a la tradición mexicana se le impuso desde afuera, desde el Atlántico, desde occidente, hace 500 años.

Este es el contenido oculto en toda forma de acoso cotidiano; esta es una sola dimensión de su invisibilidad, no comprendemos, ni sabemos, ni sentimos su contenido perverso.

El problema se exacerba cuando lo reproducimos a través del lenguaje. La erótica así como toda relación varón-mujer, o de cualquier orientación sexual; despliega un aparato de conceptos y categorías que utilizamos para adentrarnos  o participar en las relaciones intersubjetivas; toda relación de afecto, erótica e intersubjetiva es, solo, una diminuta dimensión del amor. La invisibilidad del acoso se da precisamente en la fetichizacion de ese aparato de conceptos y categorías, del lenguaje. Se ha fetichizado el lenguaje cuando aparece como ambiguo; cuando ha adquirido una doble concepción e intención, esto es, cuando define, así, dos tipos de práctica y trato en la realidad, reproduciendo, realmente solo Uno, total y especifico; es decir, cuando se ha cerrado sobre sí mismo, cuando se ha absolutizado. El quid del asunto estriba en la ambigüedad oculta en el aparato de conceptos y categorías propio de las relaciones de afecto e intersubjetivas. Tomemos un concepto de este lenguaje, el concepto de romanticismo.

La actividad romántica de un varón, esto es, el varón en tanto romántico, recurre en su despliegue practico hacia la mujer la postura romántica, es decir, su intención, pretensión, trato y sentido quedaran determinados, en última instancia, por la ambigüedad del concepto “romanticismo”, de lo romántico en cuanto actividad y práctica.

El problema ya inició con la inversión de la relación sujeto-sujeto que constituye a esta edad moderna; el problema se desplego circularmente a través del lenguaje. El sistema civilizatorio de la modernidad se cerró sobre sí mismo, se absolutizo, se divinizo; presentándose así, como lo único y más desarrollado en la historia de la humanidad, se fetichizo. Todo su lenguaje y el lenguaje apropiado —apropiación por despojo— de otras culturas y núcleos ético-míticos será un espejo de aquella absolutización de la modernidad en cuanto sistema civilizatorio. El lenguaje pasara a fetichizarse, a absolutizarse; a cerrarse sobre sí mismo ocultando la intencionalidad, pretensión y espiritualidad de la práctica real del sujeto (del varón), presentando, por contraparte, una práctica perversa que niega, oculta y en-cubre la intencionalidad, pretensión y espiritualidad real del sujeto; presentando una práctica negativa-bárbara aparente, una práctica como el acoso. Lo más perverso de esta invisibilidad propia de la ambigüedad en la fetichizacion del lenguaje es que una práctica con intención, pretensión y espiritualidad de bondad, cariño, afecto, justicia, etc.; es decir, de amor, se invierte y aparece como violencia, como transgresión de la voluntad del otro, en este caso, de la mujer, como acoso del varón devenido de una fetichizacion del lenguaje, de la fetichizacion del romanticismo, pura ambigüedad.

Los conceptos romance, romanticismo, romántico, seducción, enamoramiento, etc.; se cierran sobre sí mismos, se absolutizan, y por tanto, absolutizan su significación y el posterior trato que le imprimen a la realidad, es decir, al trato respecto a la mujer. El problema es que no nos damos cuenta; no nos percatamos que ese concepto y la práctica de éste se han absolutizado, que la intención y pretensión original que imprimimos en la actividad representada por ese concepto en la realidad cotidiana se han diluido, se han ocultado y se ha presentado en la misma realidad la contraparte de esa intencionalidad, su negatividad bárbara-perversa: violencia, transgresión, acoso.

Es una invisibilidad muy sutil contenida en el lenguaje, en la práctica; es decir, en el concepto y en la categoría que definen nuestras relaciones humanas las cuales se des-humanizan más y más gracias a esta reproducción de la ambigüedad y fetichizacion del lenguaje. En cuanto varones acosamos y no nos percatamos; es fuerte la sutileza de la ambigüedad que proyecta un sutil y fuerte acoso. Acosamos a diario en cualquiera de nuestras relaciones de afecto; lo hacemos a partir de conceptos que se cierran sobre sí mismos, que proyectan la cosificación del otro y, sobre todo, que niegan la voluntad, la energía, el amor, la mística y la humanidad del otro, de la otra persona, de la mujer.

Cuando el romanticismo se cierra sobre sí mismo, en cuanto lenguaje, la práctica se cerrará sobre sí misma por igual. Este cerrarse o divinizarse oculta la dignidad del otro, en este caso de la mujer. Oculta, niega y destruye su humanidad y sacralidad, hablando en términos estrictamente místicos. Se ha ocultado, negado y destruido la voluntad de la mujer; esto es, el contenido real que posibilita el verdadero romance: la transferencia mutua reciproca de un sentimiento compartido entre dos personas guiadas por el dialogo, el consenso y la razón simétrica de las partes.

El acoso consta, invisiblemente hablando, en ese ocultamiento. El movimiento práctico  exotérico lo sufre la mujer; es revelación negativa bárbara-perversa del ocultamiento que retorna sobre sí mismo; circulación lineal pertinente a la energía de la ambigüedad moderna irracional: horizonte esencial de la oscuridad moderna; escases y no-ser de la iluminación liberadora. Cerrándose el concepto se cierra la categoría; cerrándose el concepto se cierra el varón, es decir, se le cierra su humanidad igualitaria respecto a la mujer, se le cierra su intención, pretensión y espiritualidad real, su amor en cuanto amor: la masculinidad dignifica a la feminidad y la feminidad dignifica a la masculinidad; cuando el contenido, el lenguaje y la práctica se absolutizan, se divinizan, fetichizan o cierran sobre si mismas tal dignificación se diluye, es decir, se impone una sobre otra, deviene hegemón; en nuestro caso, la masculinidad se impone hegemónicamente sobre la feminidad, deviene en reflejo directo del moderno machismo originario. Tal contenido bárbaro-perverso esta presupuesto invisiblemente en la fetichizacion del lenguaje, en los conceptos y categorías que inconscientemente tomamos los varones para desplegarlos en forma de acción y practica en la realidad; destruyendo e invirtiendo nuestras más bondadosas, bellas y cariñosas —románticas— intensiones y pretensiones en nuestras relaciones intersubjetivas y de afecto puramente humanas.

Transparentemente hablando; categorías, esto es, prácticas y actividades posibilitadas posibilitantes como romance, seducción, enamoramiento, etc.; se encuentran realmente —es decir, fuera de ambigüedad y fetichismo— determinadas por la voluntad, el dialogo, el consenso y la razón. La actividad romántica en la relación varón-mujer esta, así, definida neurálgicamente por la participación simétrica dialógica de las partes; si no acontece de esta forma es, entonces,  exactamente acoso. En el desciframiento de estas nebulosidades reside la des-invisibilizacion del acoso desplegado del varón hacia la mujer.

Realmente es algo muy obvio; y es tan obvio que se nos escapa, se nos oculta: de esto consta la ambigüedad del fetichismo de nuestro lenguaje que fetichiza hasta nuestra humanidad subjetiva de amor e iluminación. Hacemos daño queriendo hacer bien; generamos odio donde queremos generar amor; causamos dolor donde queremos causar felicidad. La ambigüedad fetichista devenida del lenguaje absolutizado moderno destruye y/u oculta la espiritualidad: oculta la intencionalidad y pretensión de amor que le imprimimos a nuestra actividad practica; destruye y/u oculta la creación creada creadora.

La transformación de nuestra realidad significa la transformación de nuestra subjetividad, la transformación de nuestro lenguaje; porque una transformación de liberación necesita, naturalmente, de un ser humano nuevo; de un varón transformado, liberado de machismo y de actividades perversas, bárbaras e irracionales como el acoso desplegado hacia la otra mitad de su existencia y realización, hacia la mujer: luz de la vida e iluminación del cosmos. Soñemos con amor y pasión la superación radical del acoso hacia la mujer, del machismo estructural y de toda la irracionalidad moderna de este estadio civilizatorio.

Javier A. García

Deja un comentario